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¡Vamos a contar cuentos!

jueves, 31 de diciembre de 2015 · Posted in , , , , , ,

Publicado el 1 de marzo de 2015 en el suplemento DOMINICAL del Comercio. 

Una reflexión desde mi experiencia de trabajo con niños y niñas, la narración oral escénica y la producción de relatos provenientes de la oralidad:

 La narración oral como herramienta dentro del proceso educativo puede ser un vehículo  que estimule  a los niños y niñas a  reflexionar sobre su entorno, siempre y cuando este no sea un acto pasivo que los convierta en eternos oyentes. Es aquí donde el ejercicio de la oralidad a través de la conversación -un acto cotidiano y natural-  se convierte en fundamental para  identificar relatos que den cuenta de la memoria personal, familiar y cultural ¿Pero qué tanto puede abordarse cuando las experiencias de vida son aun cortas? Las vivencias de los niños y niñas no dan cuenta de una larga experiencia de vida, pero pueden ser intensas. Sus reflexiones sobre los acontecimientos y su entorno se mezclan con impresiones de descubrimiento del mundo propios de su edad. Sus apreciaciones críticas están en construcción y están influidas por referentes inmediatos como la opinión de sus padres, profesores y los medios de comunicación.

Cuando ellos cuentan

 Los niños y niñas pueden ser buenos contadores de historias si los estimulamos adecuadamente desde procesos  lúdicos, creativos e interdisciplinarios. Desde mi experiencia como narradora oral e investigadora interesada en la producción de relatos provenientes de la oralidad, pongo como eje central la conversación grupal. Esta resulta estimulante para niños y niñas  ya que no es un proceso solitario, sino colectivo. En este acto se escuchan unos a otros, construyen y reconstruyen historias conjuntas, se autorizan y desautorizan versiones sobre lo que oyeron o lo que les contaron.  Hablo aquí de pasar de una experiencia escénica donde el narrador o narradora es el centro que se presenta como depositario de innumerables historias, a uno más cotidiano en el que  los niños  reconocen que su entorno está lleno de relatos, historias, cuentos, sueños, sucedidos, etc. Que su experiencia de vida en el pedazo de mundo que les ha tocado vivir configura historias particulares que confrontadas con otras experiencias pueden hacerlos más tolerantes a las diferencias culturales. 

Eso pasó en una laguna encantada… 

Hace algún tiempo trabajé paralelamente con dos grupos de niños y niñas en espacios totalmente disímiles, ello me permitió observar la influencia del entorno en el tipo de relatos que construían, y el imaginario que recreaban.  El primero se encontraba en Flores (Cañete) un espacio lleno de vegetación donde la actividad vitivinícola era una de sus principales actividades. El segundo espacio era una zona de Carabayllo (Lima) cercana a un vertedero de basura y donde la tierra seca le daba el color al lugar. En ambos espacios trabajé  la producción relatos a través del ejercicio de la oralidad, basado en la conversación grupal y guiado por ejes temáticos. Cada uno de estos espacios les proporcionaba a los niños, desde la geografía, su historia y su memoria, elementos particulares para dar cuenta de la realidad que los circundaba. Los niños no se hacen dramas y siempre ven con entusiasmo y alegría el espacio que los rodea. Entonces, ambos grupos tenían dentro su imaginario una laguna y una sirena, los  que eran protagonistas de varios relatos pero el entorno en el que vivían les daba a cada grupo formas particulares de recrearlas. El idilio y el terror tomaban forma desde miradas infantiles. Mientras que en el primer lugar  unas mujeres quedaban convertidas en sirenas por bañarse en una laguna encantada la que más tarde terminaría convertida en espejo; en el segundo lugar la protagonista era una sirena que tenía una boca en la barriga, era fea, malvada, sus ojos se dañaban con el sol y terminaba comiéndose a los niños. 
Los niños y niñas son incontenibles cuando se les propone narrar historias, todos tienen algo que contar. Así, un adecuado estímulo puede llevar a que ellos mismos se sorprendan de lo que tienen para contar y aun no han identificado. También es un proceso fortalecedor para sus identidades, para reconocerse dentro de su propio espacio y al identificar las diferencias apropiarse de la memoria heredada.



La Parada, mistura de luchas y sueños

viernes, 25 de enero de 2013 · Posted in , , , , , ,

Publicado en el suplemento Dominical de El Comercio
Domingo 20 de enero de 2013

Elizabeth Lino Cornejo

Te conocí vendiendo ají en La Parada 

A pocos metros de la puerta de ingreso de lo que hasta hace poco fue el mercado mayorista N° 1 de La Parada, aun están en una gruta Santa Rosa y San Martín, un nacimiento y dos cuadros pequeños del Señor Cautivo de Ayabaca, esperando seguramente la partida final y la transformación total de este espacio. Ya casi todos los puestos están vacíos, y a pesar que son cerca de las cuatro de la tarde aún hay actividad comercial, se ven apilados sacos de papas, cebollas y limones, niños jugando alrededor, hombres y mujeres descansando y guardando la mercadería. El mercado mayorista está poco a poco dejando de tener la presencia imponente que tuvo hace unos pocos meses, presencia que creció a lo largo de los últimos cincuenta años convirtiéndose en el corazón de un espacio que fue (y aun lo es) punto de llegada y de inicio de una nueva vida en Lima, la ciudad capital. 

El Mercado Mayorista no solo fue el terminal de un largo viaje de frutas y verduras de lo más variadas, sino también de un gran movimiento poblacional. Dicho mercado tenía su propio sistema, el que se construyó desde una diversidad de formas de compra, venta y relaciones diversas, a la usanza de los diferentes pueblos y comunidades del Perú; sistema al que ahora, le toca reinventarse debido a su traslado. Pero la actividad comercial no se ha limitado a dicho recinto, este se expandió a lo largo de las calles, una mistura de colores, sabores, olores, rostros, sonidos, sombreros, carretas y carretillas; bocinas de combis y autos que salen desde los incontables puestos de hierbas, comida, verdura fresca, utensilios de plástico, ropa, cebos de culebras, cartas de tarot, juegos para niños, música y una infinidad de productos que cubren las más insospechadas necesidades. Lugar que parece infinito y que se alimenta además con la llegada de cada vida y de cada sueño cargado, si no en un camión, en una carreta, en una maleta o un quipe desde lugares cuyos nombres casi no se conocen en esta ciudad. 

Yo era cargador de un viejo camión que ahí trabajaba

Desde donde se mire, La Parada es un espacio estigmatizado por la violencia y el mundo del hampa. Se han tejido diversos discursos para deslegitimar la cultura de este lugar, por la procedencia de quienes lo habitan, por las necesidades que solo este espacio ha sabido cubrir, por los sistemas “no modernos” utilizados en él, y sin duda por la presencia innegable de cierto grado de violencia. Se lo ha reducido a un espacio de robo y delincuencia generalizada, pero La Parada en cada rincón, en cada puesto en cada moneda, en cada carretilla es sobre todo una muestra de tesón y lucha por enfrentarse a la vida, por sobrevivirla y escalar desde las posiciones menos privilegiadas a una vida digna que sea capaz de dar bienestar a cada uno los miembros de las familias que lo habitan.

A finales de los años 60 el antropólogo norteamericano Richard Patch publicó un estudio sobre La Parada, desde su observación y las historias de vida que pudo conocer a través de la mediación de algunas personas con más facilidad de convivencia en el lugar; describe las dificultades y retos para la inserción del poblador migrante en Lima, el idioma, la diferencia de clases, los criterios raciales y el proceso de asimilación. Parte de su primera conclusión anota, “…trabajan duro y parejo en las tareas que han escogido. Consideran que el individuo y su familia pueden alcanzar el éxito a través de sus propios esfuerzos, y son capaces de responsabilizarse a sí mismos y no al destino por el fracaso. Existe una gama notable de sentido empresarial, con perspectivas limitadas por la falta de oportunidad pero impresionante por el grado de imaginación que se le dedica”. A estos hombres y mujeres hoy se les llama “emprendedores”. 

Vamos por un caldo de gallina

Muy temprano por la mañana, apenas el sol está dando la cara, las carretas de desayuno toman el lugar. Los platos humeantes de caldo de cabeza y mote pasan por las manos callosas de los cargadores que están a la espera de los camiones. La radio está sonando, es huayno o cumbia que se confunde con el vocerío de la gente. En el chifa de Avelino, este les cuenta a sus amigos del periplo de su padre desde la China hasta llegar a La Parada. Más tarde, cuando los vendedores de todo y de nada toman la calle, la gente se agolpa frente a un hombre quien enciende un trozo de tela y luego de apagarlo lo muestra incólume, asegurándose de esta forma la venta de unos cuantos metros. Otro hombre desciende de un auto y con un paquete de camisas se dirige a un bazar cercano, un niño- seguramente su hijo- se ha quedado en el vehículo y unos jovenzuelos le han sustraído un sobre por una de las ventanas; los ve desaparecer detrás de un puesto de hierbas y flores, detrás de un cartel que dice, “curandera: pactada con el sol y la luna, la noche y el mar”.

Elizabeth Lino Cornejo. Con la tecnología de Blogger.